ALERTA, 31 de julio de 2004

Adolfo Suárez, una figura excepcional

Ante sus adversidades personales, muchos sentimos una espontánea solidaridad que responde a un sincero reconocimiento.

No puedo evitar escribir unas reflexiones sobre Adolfo Suárez, primer presidente de la democracia española, en estos tiempos de gran adversidad personal que desde el silencio y su apartamiento voluntario de toda actividad pública, viene afrontando desde hace unos pocos años, consciente como soy de que evocando su nombre y su obra política muchos lectores registrarán entre sus recuerdos muchos sentimientos positivos hacia quien fue capaz de llevar a buen puerto una reforma política que cuando accedió al Gobierno en julio de 1976 estaba embarrancada. Fijar la vista en la etapa de Suárez es volver un poco a la ilusión, a un tiempo de profunda honestidad en la gestión de los intereses públicos y en la acción de un gobernante que dio siempre prioridad a los intereses del Estado que a los propios partidistas.

Hace veinticinco años se había aprobado la Constitución Española a favor de la cual Suárez sacrificó muchas cosas, consciente de la necesidad de que fuera para todos, rompiendo el estilo y la estrategia que anteriores gobernantes impusieron de aprobar su Constitución que no necesariamente era la de todos. Aprobada la Constitución afrontó voluntariamente un  nuevo proceso electoral para revalidar su cargo y estrenarse como un presidente democrático sometido a la nueva ley de leyes, apenas veinte meses después de las elecciones del 15 de junio de 1977, que recordamos entre nostalgias de un tiempo que tuvo mucho de ilusión y esperanza que de vez en cuando se cuela en nuestros oídos con canciones y mensajes sobre una democracia que poco a poco los partidos han hecho menos fresca y más opaca.

Como testigo de lo acontecido en aquellos meses en la prensa madrileña  -en aquél gran vespertino, escuela de grandes maestros de periodistas que fue Pueblo-, quisiera apuntar en estas reflexiones aspectos importantes que aunque es difícil que puedan quedar oscurecidos o empañados, probablemente no sean analizados en profundidad o con el debido rigor. Me refiero a la apuesta de Adolfo Suárez por cumplir su promesa formal ante los españoles de contribuir a lograr para la estabilidad democrática de España el espíritu que encierra el contenido de su frase que hizo historia: hacer normal lo que a nivel de calle es sencillamente normal.

Solo unos días después de acceder a la Presidencia del Gobierno -en presencia de la recordada y malograda Carmen Díez de Rivera- declaraba al jefe de información política de la revista francesa Le Point: “La aventura que nos une a todos es apasionante: hacer de España una democracia, hacerla entrar de golpe en el círculo de las potencias medias e inventar una forma de vivir juntos”, con este consejo a unos y a otros: los de la izquierda no deben “obstinarse en combatir a un pasado que no existe” y a una parte de la derecha que no puede seguir llorando “por un pasado que no volverá”.

Pero su gran compromiso lo pronunció la tarde de aceptación de la presidencia –3 de julio de 1976- que aquel día parece nadie escuchó o no quiso creer por el pasado político del designado: “..los gobiernos del futuro sean el resultado de la libre voluntad de la mayoría de los españoles”. Esta frase encierra la mayor clave política del nuevo momento político que se abría –de gran frustración, sin embargo, para los sectores más liberales del sistema que apostaron por Areilza- y pone de manifiesto que Suárez era consciente de que apenas contaba con un año de plazo para acceder a la democracia desde el viejo sistema y celebrar elecciones creíbles que abrieran un periodo constituyente. Se puede afirmar que tenía ideas claras, que sabía lo que el Rey deseaba para el nuevo tiempo y estaba convencido que solo podía hacerse desde dentro, a través de una vía reformista, que evitara cualquier posibilidad de ruptura.

Esta misma convicción la compartió y asumió con otros dos protagonistas –el rey y el presidente de las Cortes, Fernández Miranda- que planificaron que la única forma de desatar los nudos del pasado tenía que pasar por las Cortes que los habían atado previamente y que en todo el proceso había que actuar con sagacidad y prudencia. En mi libro El Presidente (p. 41) planteo esta pregunta lógica en aquél momento, partiendo de que si el relevo de Carlos Arias  trataba de acelerar la transición ¿por qué la Corona elegía a un político del Movimiento con un curriculum político escaso, jefe de un Gobierno decisivo para la propia Monarquía?. La respuesta es ahora más entendible: el liberal Areilza hubiera generado muchos recelos y sus reformas habrían fracasado en las viejas Cortes; por su parte, Suárez era más de la casa, también más hábil y no suscitaba reacciones tan  adversas entre los políticos del viejo sistema.

Escuché en las viejas Cortes muchos discursos trascendentales de Adolfo Suárez sobre sus pasos seguros en los objetivos de la transición. Tengo la seguridad de que nada era improvisado, sino que la meta de todo el proceso fue la que finalmente se alcanzó. Muchas veces se jugó el tipo, como ocurrió con la legalización del Partido Comunista, consciente de que sin su presencia las elecciones no alcanzarían la credibilidad necesaria, al menos en las cancillerías europeas. En la transición había jugadas arriesgadas y de suerte, y esta fue una de ellas al conseguir conjurar el peligro de una involución.

Siempre recordaré un hecho –más que una simple anécdota- en mi trabajo profesional en el diario Pueblo. En abril de 1977 acudí a la estación de Chamartín  con motivo de la salida de la Familia Real para disfrutar en Baqueira de unas vacaciones. Creo que era el martes de la semana santa. Allí estaban varios miembros del Gobierno, destacando la presencia de Suárez. Tras la salida del tren expreso, intercambié unas palabras con el presidente. Me preguntó si iba a permanecer en Madrid en aquellos días y tras contestar que no, el presidente me dijo más o menos que él, en mi caso, no lo haría. No entendí el mensaje porque en aquellos momentos de gran ebullición política nadie pensó, intuyó o vaticinó que el sábado santo se legalizaría el Partido Comunista. En aquellas semanas había escrito algunas crónicas políticas sobre el papel del Tribunal Supremo en la legalización y el nombramiento de Juan Antonio Samaranch como primer embajador en Moscú. Reconozco que no estuve muy afortunado con mi alejamiento de Madrid en un hecho clave de la transición.

Adolfo Suárez es, sin duda, una figura excepcional del siglo XX y un ejemplo de saber gobernar y ceder para que ganáramos todos. No quiso ventajas partidistas porque fue consciente de su responsabilidad histórica, que consistió nada menos que llevarnos desde el viejo sistema a una democracia a través  de un modelo inédito de cambio político. Agradecidos a su gigantesca obra política, ante sus adversidades personales, muchos sentimos una espontánea solidaridad que responde a un sincero reconocimiento.

 

JOSÉ RAMÓN SAIZ FERNÁNDEZ
Alerta, 31 de julio de 2004