EL DIARIO MONTAÑÉS, 31 de octubre de 1985

De la transición histórica al III Año triunfal

Cánovas del Castillo fue protagonista de la restauración de 1874 –iniciada a punta de espada en Sagunto-, mientras Suárez, un siglo después, consiguió sin espada y sin pronunciamiento la gran restauración de finales del siglo XX.

El socialismo oficial que nos gobierna ha puesto en marcha estos días la poderosa máquina de los medios de comunicación estatales y afines para festejar el III año triunfal de su acceso al poder, tras una limpia e indiscutible victoria en las urnas. Televisión Española conectó en directo en su telediario nocturno del lunes para ofrecernos la presentación de la campaña con una entrevista con el vicepresidente Alfonso Guerra, quien afirmó que los socialistas han consolidado la democracia, que se ha hecho mucho y bien y, en fin, que hay socialismo para rato. Guerra apuntó para el socialista oficial todo el haber positivo de una transición que Adolfo Suárez había anunciado para incrédulos como una página “que asombrará al mundo”. Sin embargo, a lo que parece la transición política ha asombrado a todos menos a Alfonso Guerra y al socialismo, que buscan mayores rentabilidades electorales ante los próximos comicios generales.

No soy el más indicado para dar una lección de historia sobre la transición. Pero tengo a mi favor la oportunidad de haber seguido mut directamente momentos transcendentes de la transición política que describo en mi libro de casi cuatrocientas páginas sobre el presidente Suárez y los años que van desde el cese de Arias Navarro hasta el golpe de estado de 23 de febrero de 1981.  En el camino de más de cinco años largos, los gobernantes posibilitaron el cambio más real y profundo que ha conocido la política española desde las Cortes de Cadiz a nuestros días, acaso porque en España, en el pueblo llano y en la clase política, existía unanimidad por encontrar una vía estable y válida tras un largo régimen autoritario surgido de una trágica guerra civil. Seguimos al pie de la letra una frase histórica del presidente americano Abraham Lincoln, quien había afirmado un siglo antes que “después de una guerra civil no puede hablarse de victoria, sino de paz”.

Lo que fue la transición política en España lo describió perfectamente Adolfo Suárez a Georges Suffert, jefe de información política del semanario Le Point, antes del referéndum de la reforma política en diciembre de 1976, al afirmar que la nueva España (democrática) se consolidará cuando “la izquierda deje de combatir un pasado que ya fue y una parte de la derecha deje de llorar por un pasado que no volverá”. Este objetivo costó sacrificios, provocó situaciones difíciles, pero el tiempo y la firme decisión democratizadora jugó a favor de Suárez, que culminó el gran hecho político con la Constitución de 1978, que no tiene ejemplo en ninguna de las que en el pasado ha tenido España desde 1812 a nuestros días. Un periódico yugoslavo afirmó: “Los españoles han sido los primeros en liberarse del autoritarismo por la fuerza del as papeletas de los votos y no con las armas”. Evidentemente, la reforma había ganado a la ruptura y los españoles, con el presidente Adolfo Suárez, lográbamos en paz, sin traumas, un gran hecho histórico, no igualado ni tan siquiera por Cánovas del Castillo, que sagazmente había apoyado e impulsado la restuaración de 1874 –hecha a punta de espada en Sagunto-, mientras Suárez, un siglo después, conseguía sin espada y sin pronunciamiento la nueva gran restauración de la hora presente.

Solo hay que recordar que en 1975 el puchero estaba apestado de problemas y a partir de julio de 1976, Suárez, con la confianza de la Corona, tuvo la valentía de acometer muchas situaciones completas al tiempo.  Entonces estaban oficialmente prohibidos los partidos políticos –en la realidad existían casi todos-, las viejas leyes eran declaradas inmutables y permanentes, el socialismo y el liberalismo se encontraban en el índice de las ideas prohibidas y la vieja España parecía como un enorme iceberg que mostraba su cumbre, pero que por debajo de las aguas tenía una estructura completamente diferente, pues las leyes habían quedado viejas y sin contenido.

Por una parte, estaba la razón oficial; por otra, el corazón de un pueblo que anhelaba esos cambios que Suárez fue alcanzado, a veces magistralmente. Y aunque todo parecía vigente, lo cierto es que todo estaba carcomido, cual esas vigas que hacen como que sostienen un edificio, pero que han sido devoradas internamente por las termitas.  Había un deseo mayoritario de cambio, de renovación, de aire fresco y limpio. Solo el Rey y pocos más estaban en aquel secreto del inmenso vacío y visto desde la distancia nadie mató al viejo sistema político española, que como cedro abatido por los años se desplomó en cuanto sopló sobre él ese espíritu renovador de la verdad y de la libertad. 

Es duro que algunos gobernantes del momento olviden lo que en ese tiempo se hizo por España y los españoles. Hay que poner los pies en el año 1975, y pensar en la “Operación Lucero”, en la carta de Girón a Milans del Bosch pidiéndole soluciones heroicas; la legalización del Partido Comunista, los secuestros de Oriol y Villaescusa, el asesinato de los abogados laboralistas y de servidores del orden público, las dimisiones del general De Santiago y del almirante Pita da Veiga, etcétera, que no impidieron, sin embargo, que quince meses después el país celebrara elecciones generales en libertad. Y que la transición continuó con los pactos de La Moncloa, la Constitución consensuada, los estatutos de autonomía y una serie de hechos políticos que colocaron a España en la plena libertad, la modernidad y a un pie de entrar en Europa.

Por ignorar todos estros grandes acontecimientos cuando se cumplen los primeros diez años de Monarquía, puede bien aplicarse el título de III Año triunfal a la campaña pre-electoral iniciara por el partido gobernante. Ni Guerra ni Felipe pueden maltratar la historia, porque es patrimonio de todos y orgullo de muchos españoles. Nadie podrá variar lo que escrito está y que los historiadores del mañana, sin la pasión del momento, acertarán a describir con mayor reconocimiento y a situar a cada gobernante en el opuesto histórico que le corresponda.

A Suárez, hasta ahora, nadie le ha arrebatado su condición de mejor jefe de Gobierno de España en estos diez años de apasionante Historia de España. Aún siendo reconocido, es conveniente recordarlo.

 

JOSÉ RAMÓN SAIZ FERNÁNDEZ
El Diario Montañés, 31 de octubre de 1985