ALERTA, 2 de febrero de 1997

Reconocimiento a Adolfo Suárez

El ex presidente trabajó con enorme pasión para hacer posible aquella frase de Abraham Lincoln: “Después de una guerra civil no puede hablarse de victoria, sino de paz”.

En la semana que comienza, el Parlamento de Cantabria distinguirá con su primera medalla de oro al ex-presidente del Gobierno, Adolfo Suárez González, sumándose nuestra región a los innumerables homenajes internacionales y nacionales que viene recibiendo el primer presidente de la democracia, decisión que hay que vincular a la celebración, en el día de ayer, del quince aniversario del cambio de nombre del territorio en el que vivimos, que pasó de llamarse Provincia de Santander a Comunidad Autónoma de Cantabria, gracias a la aprobación por las Cortes Generales de la Ley Orgánica del Estatuto de Autonomía para Cantabria que convirtió a nuestra tierra, por primera vez en ciento ochenta años de vida constitucionalista en España, en una región a todos los efectos, tantos políticos como administrativos.

En este logro histórico para nuestra región y sus ciudadanos, mucho tuvo que ver la aprobación de la Constitución de la Concordia en referéndum celebrado el 6 de diciembre de 1978, bajo el impulso y liderazgo político de quien en aquel momento era Presidente del Gobierno, Adolfo Suárez González, que siendo designado Jefe de gobierno a través de los mecanismos del viejo sistema, supo impulsar un proceso de reformar cuya culminación desembocó en profundos cambios políticos, la celebración de elecciones libres y democráticas y, por fin, la aprobación de la Ley de Leyes que a través del Título VIII permitió el acceso e Cantabria a su autogobierno. Por tanto, si a un gobernante debemos el inicio de todo el proceso autonómico y su culminación, sin duda es a quien en aquel momento ostentaba la Presidencia del Gobierno de la nación tras su victoria en las elecciones del 15 de junio de 1977, ratificada posteriormente en los comicios del 1 de marzo de 1979.

Adolfo Suárez González llegaba a la política del anterior régimen en el que ocupó puestos secundarios, pero tras el inicio del reinado de don Juan Carlos ninguno de los objetivos por los que luchó fue improvisado, sino que se sustentaba en sus ideas firmes de instalar en España una democracia netamente occidental. Ya antes de acceder a la Jefatura del Gobierno –el 3 de julio de 1976- se distinguió por su defensa den las viejas Cortes del papel de los partidos políticos y en el Diario Pueblo, en marcho de 1976, declararía abiertamente: “Ante    un pueblo expectante y que espera cambios, sólo hay un camino: elevar a la categoría de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal, para añadir: “Es necesaria la presencia activa de la izquierda en la vida política española”. Y lo hizo a las pocas semanas de llegar a la Presidencia, pues no dudó en hacer protagonista de la izquierda al Partido Socialista Obrero Español y, segundo, meces antes de las primeras elecciones, legalizar al Partido Comunista para celebrar unos comicios en igualdad de condiciones para todos, además de acordar una amnistía general reclamada por amplios sectores de la sociedad española.

Así fue como el Presidente Suárez hizo realidad una frase del presidente norteamericano Abraham Lincoln: “Después de una guerra civil no puede hablarse de victoria, sino de paz”, aunque el propio Adolfo Suárez, en unas declaraciones a la publicación francesa Le Point, a los pocos días de llegar a Castellana,3, acertó magníficamente con este comentario: “la izquierda se obstina en combatir a un pasado que no existe y una parte de la derecha llora por un pasado que no volverá”. A su juicio, era necesario “inventar una forma de vivir todos juntos”.

Se trataba de respuestas en momentos en los que la transición no tenía fácil una culminación exitosa, tanto por las presiones internas desde el viejo régimen como por la desconfianza de la oposición democrática que no contaba con suficientes garantías para creer en el nuevo Jefe de Gobierno. Pero Adolfo Suárez, con el aliento de la calle lo logró y así desde el referéndum de diciembre de 1976 hasta la Constitución del 78, nuestro país conoció un cambio copérnico. Se alcanzó la normalidad democrática institucional como la existente en las democracias europeas y eso lo hizo Suárez, que llevó el difícil timón del cambio. La voz del entonces Presidente de gobierno de la nación fue, en esa difícil etapa, la del puro sentido común, sin prometer milagros ni transformaciones instantáneas, ya que mientras lograba ir desarticulando el viejo edificio del autoritarismo, fue construyendo la nueva casa para una convivencia pacífica y democrática entre los españoles.

Fue muy compleja la operación de la transición. Recuerdo un discurso de Suárez que define sus intenciones: “… a mi gobierno se le pide con frecuencia que construya o que colabore a construir el edificio del nuevo Estado sobre el edificio del Estado antiguo. Y se nos pide que cambiemos las cañerías del agua, teniendo que dar agua todos los días; se nos pide que cambiemos la conducción de la luz, el tendido eléctrico, dando luz todos los días; se nos pide que cambiemos el techo, las paredes y las ventanas del edificio, pero sin que el viento, la nieve o el río perjudiquen a los habitantes de este edificio. Pero también se nos pide a todos que ni siquiera el polvo que levantan las obras de este edificio nos manche, y se nos pide también en buena parte que las inquietudes que produce esa construcción no produzca tensiones”.

Finalmente, Suárez garantizó una habitación cómoda y confortable para todas las opciones democráticas y para cada uno de los españoles. No eran palabras vacías, porque en su último día de mandato demostró que era su pasión cuando con actitud gallarda defendió la libertad. Fue aquel 23 de febrero de 1981.

 

JOSÉ RAMÓN SAIZ FERNÁNDEZ
Alerta, domingo 2 de febrero de 1997