EL MUNDO CANTABRIA, 3 de junio de 2014

La sucesión desde Cantabria

Es el reconocimiento de que a la legitimidad formal hay que añadir otra que deriva del ejercicio diario de la función.

En estos momentos de tránsito, la Constitución es más importante que el hecho mismo de la abdicación y la sucesión en la Corona. Se trata de nuestra norma suprema en la que se pusieron de acuerdo, en lo esencial, vencedores y vencidos de una guerra civil sobre cuya victoria se sostuvo un régimen político durante casi cuarenta años.  Cierto es que se trata de una Constitución vieja –en relación a la media de años que alcanzaron otras normas-  que precisa de reforma para dar salida a problemas de nuestro desarrollo democrático, pero también porque varias generaciones de españoles que no la votaron en 1978 se sienten poco reconocidos en algunas partes de su texto.

El rey se va y llega otro. Frente a quienes combaten esta forma de estado y proponen otras alternativas democráticas, hay que señalar que el balance en su conjunto de reinado de Juan Carlos es positivo. Por supuesto, no todo se debe a él, pero es necesario reconocer que ha tenido una influencia positiva en momentos cruciales, desde que España -con un pueblo decidido- había optado entre dictadura y democracia ya antes de concluir un agónico franquismo. Aún resuena la frase que mejor define el dilema al que debimos enfrentarnos entonces: “El debate no es monarquía o república, sino dictadura o democracia”, que Santiago Carrillocon olfato político comprendió a pesar de haberle bautizado como el Breve.

No se debe tener reparo alguno en señalar que, en aquel momento, se acertó. Pero acertamos el pueblo, Suárez y el rey, en un tiempo en el que las posibilidades de alargar el período autoritario no podían descartarse. Hay que recordar que la transición fue la superación de mil y un obstáculos desde la voluntad del pueblo y de un joven gobernante -que contaba con toda la confianza del rey- para alcanzar el objetivo de la democracia.

El país ha cambiado mucho en estas cuatro décadas y siendo cierto que sus últimos años presentan un balance feo y negativo en el que la Corona ha perdido prestigio, la última encuesta del CIS concede al rey que acaba de abdicar una nota del 3,72, bastante superior a la del Parlamento, los sindicatos y la clase política. Por ello, estimamos que ha tardado en exceso en dar un paso que la realidad hacía necesario hace tiempo y que solo ha servido para agravar la situación, complicar el proceso sucesorio y doblar la pesada carga que deja a su hijo. Un hecho, además, que ha puesto de manifiesto que en España como en el Vaticano hace catorce meses, se ha entrado en otra corriente al considerar inconcebible que en pleno siglo XXI se mantengan cargos a perpetuidad, así que la renuncia a la corona es el reconocimiento de que a la legitimidad formal hay que añadir otra que deriva del ejercicio diario de la función.

La larga etapa de Juan Carlos presenta tiempos distintos: muy brillantes al comienzo, aceptables durante treinta años, y malos en los últimos cuatro o cinco que la crisis económica e institucional nos afecta tan directamente. De estos años malos -con un yerno que está cerca de prisión si la justicia es igual para todos- Juan Carlos ha tomado la decisión que cabe: marcharse y dejar paso al príncipe Felipe.  Son tiempos distintos, pero los actuales son algo mejores que los vividos entre 1975 y 1978, tiempo en el que cambio el régimen y ganamos las libertades democráticas.

Durante un tiempo conocí al rey de cerca en los mejores tiempos de su reinado. Le acompañé en algunos viajes oficiales al extranjero cuando formaba parte de la redacción de Pueblo  y participé en audiencias relevantes, además de organizar su primera visita a nuestra Comunidad Autónoma en 1984. Mi estreno fue con motivo de la primera visita a la entonces República Federal de Alemania, días después de la legalización del Partido Comunista por Adolfo Suárez. Fue un viaje en el que estaba latente la tensión vivida y que sirvió para recibir el espaldarazo del canciller Schmidt. En 1983, siendo consejero del primer gobierno de Cantabria, nos recibió en el Palacio Real y al año siguiente visitó oficialmente la comunidad. Otros encuentros se centraron en temas más concretos como la audiencia por el treinta aniversario de la Sociedad Deportiva Torrelavega, de la que recuerdo que invité al alcalde, José Gutiérrez Portilla, para cumplir su deseo de devolver a Juan Carlos el bastón de mando de la ciudad que entregado por Manuel Rotella se había dejado olvidado dos años antes en el salón de plenos. Y excepcional, por su significado, fue la entrega a Rafael Fuentevilla de la Copa del Rey de campeón de España de bolos que ganó en Potes. Sabino Fernández Campo, entonces jefe de la Casa, siempre hizo posibles estos encuentros en los que Juan Carlos se proyectaba cercano y campechano.

Juan Carlos I, Copa del Rey en Potes

Aunque en el camino han quedado circunstancias que la historia esclarecerá algún día (después de la muerte sin papeles de personajes como Adolfo Suárez o Sabino Fernández Campo), en general este rey que heredó los poderes absolutos de Franco se fue acomodando a la Constitución y ha cumplido con sus obligaciones, nada que ver con las implicaciones de otros monarcas como su cuñado Constantino de Grecia o su abuelo Alfonso XIII, que no contribuyeron a mantener la constitucionalidad y mirar por la evolución positiva de sus pueblos.

Juan Carlos tuvo decisión y actuó, lo que no tiene tan fácil a su alcance el sucesor que deberá lograrlo a base de eficacia, limpieza y de hacer bien su trabajo, lo que no es cuestión de poco tiempo. Impulsar, aun sin poderes, que la clase política dominante haga los cambios que se reclaman, si no todos, una gran parte, representa uno de sus grandes retos. La democracia como se ha entendido hasta ahora  -consenso hasta controlar pilares sustanciales del Estado de derecho como la justicia- concita solo rechazo ciudadano.  El propio Juan Carlos al indicar en su mensaje la necesidad de abrir paso a una nueva generación y a la estabilidad de la institución, ha venido a reconocer indirectamente la zozobra en la que deja al país y la institución por su empecinamiento personal, que ha venido a emborronar parte de una obra que habría pasado mejor a los libros de historia con una retirada a tiempo.

En todo caso, ya es un rey en retiro que había manifestado su voluntad de mantenerse hasta que le quedaran fuerzas. Este incumplimiento representa una rectificación sabia, como lo fue la que le llevó a no respetar los Principios del Movimiento Nacional que había jurado «guardar y hacer guardar» ante las Cortes franquistas del 22 de julio de 1969, en que fue ratificado como sucesor de Franco «a título de Rey». La aprobación de la reforma política promovida por Suárez en 1976, le permitió deshacerse de aquel juramento al aprobar las mismas Cortes el tránsito de la ley vieja a la ley nueva.

El Pacto Constitucional de 1978, con sus virtudes y defectos, proyecta hoy un cansancio democrático que requiere renovarse de la única manera posible a partir de los acuerdos parlamentarios y del ejercicio relegitimador y democrático de la ciudadanía. Ello es especialmente importante para las generaciones más jóvenes, que no perciben las ventajas comparativas de este sistema político, entre otras cosas, porque ha fallado la ejemplaridad en el ejercicio público y los vicios del sistema se han agravado con la crisis y la falta de empleo. Salir de este galimatías corresponde a todos y el nuevo rey tendrá éxito si logra buscar un pacto diferente al que hoy existe entre quienes tienen el control para que nada o muy poco cambie.

Pero dicho esto, nunca en la historia de este país se había vivido una etapa de estabilidad y desarrollo como el que se inició en la transición y que sufre el sobresalto de una crisis lacerante para muchos españoles.  Hay que agradecérselo, primero, al pueblo y después al rey como jefe de estado. El camino que nos espera, sin embargo, se presenta con las incertidumbres lógicas del momento en cuyo contexto los españoles necesitamos inventar nuevas fórmulas para profundizar en la convivencia democrática, al tiempo que el nuevo rey deberá recuperar el prestigio perdido por la Corona.

 

JOSÉ RAMÓN SAIZ FERNÁNDEZ
El Mundo Cantabria, 3 de junio de 2014