EL MUNDO CANTABRIA, 16 de octubre de 2013

Una mirada a Torrelavega

El futuro -que como el presente tanto preocupa- es un territorio inexplorado del que tanto dependen las personas con las que convivimos.  En cualquier análisis sobre Torrelavega debemos partir de que  ha sido una ciudad dinámica, lejos del quietismo de otras poblaciones. Es posible que un día de un año indeterminado, algunas clases sociales que ostentaban el poder político porque tenían el económico, entendieron que no había otro territorio cántabro que no fuera su Santander. Y decidieron que no convenía la industrialización y que, en todo caso, las chimeneas y la contaminación tenían que establecerse un poco lejos, allá donde crecía una pequeña villa en la que se unían dos ríos. Para entonces, Torrelavega ya se había definido por la actividad industrial, teniendo sus primeros exponentes en La Azucarera Montañesa (1898) y Solvay (1907).

Mientras otras urbes no aceptaban las chimeneas y otras actividades industriales contaminantes, la cabeza del Besaya aportaba al PIB de Santander riqueza y valor añadido, que llevó a la provincia montañesa a ostentar en los años sesenta el quinto  puesto en el ranking, teniendo por delante algunas provincias ventajistas que disfrutaban de derechos forales. De aquellas rentas derivadas de la actividad industrial y ganadera de Torrelavega, la vieja Montaña vivió (o sobrevivió) bastante tiempo.

Al olor industrial se unía el de la  boñiga que escandalizaba a forasteros capitalinos, desde que a mediados del siglo XIX Torrelavega acogió a  ganaderos para celebrar sus ferias y los intercambios o transacciones de la Llama. La industria y el campo se unían en este corazón de Cantabria que ha funcionado a ritmos más rápidos y modernizadores que los de otras ciudades. Por citar algunos ejemplos emprendedores, la electricidad llegó a Torrelavega en 1895 por iniciativa de una industria local –Montaña– mientras el gas estuvo vigente en Santander -por citar a la capital- hasta avanzados los años veinte. Y un torrelaveguense –Guillelmo Gómez Ceballos, alcalde de la villa en 1881- presidió la sociedad del ferrocarril del Cantábrico cuando en 1895 se inauguró la línea Santander-Torrelavega-Cabezón de la Sal.

Durante muchas décadas, otra de las ocupaciones de Torrelavega fue la minería, una profesión dura que ofrecía todos los años decenas de accidentes laborales con la muerte de muchos trabajadores. Quizás, entonces, otras ciudades vivían tranquilamente al contar con una estructura de funcionarios, administrativos y otras profesiones tranquilas. No hace muchos años -en 1976 y 1985-  los mineros se encerraron bajo tierra para reclamar derechos sociales y no más muertes de compañeros por falta de seguridad. Aún perduran injusticias en forma de tragedias: la antigua mina, la Asturiana de Zinc, sigue sin pedir perdón a las familias de 18 víctimas que por vivir al pie de un irresponsable dique, fueron arrastradas a la muerte la noche del 17 de agosto de 1960.

En estas reflexiones no puede faltar una por su valor y significado. Mientras otras poblaciones vivían un tanto ajenas a la búsqueda de una España moderna y reconciliada, Torrelavega fue una de las primeras ciudades que pidió oficialmente la amnistía cuando apenas se habían cumplido cuarenta y cinco días de la muerte de Franco. Una moción de un alcalde conciliador, Carlos Monje, fue apoyada por concejales de renombre y de conocidas ocupaciones profesionales, en defensa de una convivencia democrática y en paz. Recuerdo sus nombres, algunos de personas desaparecidas, como Nilo Merino, Agustín González Álvarez, Juan Ramón Tirado y Ernesto Gómez, a los que hay que añadir los de José Díaz, Ángel Berodia, Miguel Remón, Ramón Díaz-Bustamante y Bonifacio Gutiérrez.

La Torrelavega productiva y dinámica ha tenido que afrontar circunstancias duras y traumáticas en el empleo, a la vez que en el discurrir de los años ochenta se nos marginaba frente a otras áreas industriales a las que el Gobierno de la nación declaró zonas de urgente reindustrialización.  Desde entonces, la decadencia ha ido a más. Ciudad industrial por excelencia, ha padecido los embates de la crisis en forma más acusada que otras zonas españolas. Una simple constatación objetiva —que, por tanto, no puede ser tachada de exagerada o de victimista— señala que, con la estadística y la realidad en la mano, nos encontramos ante una profunda depresión como zona devastada por la crisis que tanto afecta a poblaciones que, como Torrelavega, han recibido una fuerte inmigración obrera en las décadas anteriores.

Torrelavega, que con Cabezón  de la Sal pidió la autonomía por delante de otras ciudades y municipios, no se ha visto correspondida por el Estatuto y los poderes cántabros. Ha sufrido y soporta un abusivo centralismo al que no se ha puesto remedio. Y, sin embargo, se ha llevado al debate parlamentario iniciativas para ello. En 1996 tuve la oportunidad como diputado regional –cuando entonces el puesto no estaba profesionalizado como ahora- de inspirar y defender una proposición de ley de descentralización de la Administración cántabra a favor de la segunda ciudad. Asumí el empeño y en el empeño me quedé solo, sin apoyos de los que ahora hablan de la triste situación que atraviesa la ciudad. En tres décadas de autonomía, ese poder debió descentralizarse en reconocimiento, en parte, a muchas de las peculiaridades que presenta el caso de Torrelavega en el conjunto de Cantabria. Me viene a la memoria un artículo que publiqué en Hoja del Lunes -en pleno debate sobre el Estatuto- en el que alertaba sobre la posición centralizadora del autogobierno y que ya presagiaba efectos negativos para Torrelavega.

Tengo amigos santanderinos que me increpan amistosamente en el sentido de reclamar el cierre de una vez por todas de Sniace, que ya está bien –dicen- de chantajes. No sé qué entienden por chantaje, que en este caso parece interpretarse por el simple hecho de luchar por un empleo duro y sacrificado para sobrevivir. Yo les contesto que  ahora, sí, es necesario ejercer lo que citan como chantaje, que no sería más que una mínima parte del que diariamente se nos hace a los españoles desde otras comunidades. En todo caso, apelo más al derecho y a la justicia para que Torrelavega sobreviva y no se nos tenga por dóciles corderos dispuestos al sacrificio mientras otros alcanzan -y se benefician- de buenos rendimientos. No hace falta que reiteremos que sin industria no hay servicios productivos y la actividad muere por paralización automática.

Torrelavega está peor que hace unos años, diría que bastante peor, con un paro más cercano a los índices andaluces que a la media cántabra. Frente a esta dramática situación se hacen balances absurdos, apelando a que la ciudad “está mejor”, opinión que sería cierta si de verdad contáramos con más capacidad de movimiento, más industria y más servicios, más comercio, más educación y más amor por lo nuestro, a la vez que menos ruidos y molestias, menos cainismo, menos intransigencia y vandalismo. Sin embargo, las grandes cuestiones siguen sin ser afrontadas y con todos los planes pendientes y sin resolución, el cambio ni está ni se le espera. Y así,  todo indica que estamos en un viaje a ninguna parte -que precisa cambiarse cuanto antes- porque la política imperante -la tradicional y la  transversal- sigue engordando el único valor que cotiza al alza: la fidelidad. Pensar, tener libertad e iniciativa, es casi un  sacrilegio.

Hay pueblos que están condenados a una lucha permanente para vivir y sobrevivir. Torrelavega es una referencia de lo apuntado. El final, la conclusión, la escribo con palabras que empleo Neruda: “No entendí nunca la lucha sino para que la lucha deje de ser”.  Este viene siendo nuestro sino: luchar por el trabajo pensando que algún día no sería necesario. Pero nos equivocamos. Torrelavega se muere si no lucha.

 

JOSÉ RAMÓN SAIZ FERNÁNDEZ
El Mundo Cantabria, 16 de octubre de 2013