Prólogo del Muy Honorable Miquel Coll Allentorn, Presidente del Parlamento de Cataluña, al libro La Comarca en la Autonomía de Cantabria, editado por la Asamblea Regional de Cantabria en 1988

Me complace prologar este nuevo libro del escritor cántabro José Ramón Saiz sobre una cuestión tan interesante en estos momentos y, especialmente, aquí en Cataluña como es la institucionalización de la Comarca. Ya en 1984 y en este Parlamento de Cataluña, tuve la satisfacción de recibir a José Ramón Saiz no solo como Consejero del Gobierno de Cantabria sino como hombre de cultura, como amigo de Cataluña, lo que me dio la oportunidad de conocer el proceso regionalizador de la vieja tierra de don José María de Perdeda y don Marcelino Menéndez y Pelayo, a través de su libro Hacer Pueblo, Hacer Cantabria.

Ahora, cuando se cierra una nueva legislatura en Cataluña, precisamente con la Constitución de los Consejos Comarcales creados a raíz de la Ley 6/87 del Parlamento de Cataluña, mi buen amigo José Ramón Saiz me da la oportunidad de prologar este libro sobre las Comarcas cántabras que se dispone a editar la Asamblea Regional de Cantabria.

Con la Ley de Cataluña se introduce una importante innovación de nuestra Administración Local al institucionalizar la comarca como una entidad territorial dotada de autonomía y personalidad jurídica propia. Hemos procedido, por tanto, a dar cumplimiento al mandato estatutario que atribuye a la comarca el carácter de pieza necesaria de la organización territorial de Cataluña, junto con el municipio.

La Comarca ha sido un elemento permanentemente ligado a la historia reciente de Cataluña, cuyos antecedentes mas relevantes podemos encontrarlos en las Bases de Manresa y en la división decretada en el año 1936, fruto del Decreto de octubre de 1931 del Presidente Francesc Maciá, que creo la Comisión presidida por un Consejo que elaboró la división territorial y de la que formaron parte, entre otros, Pau y Vila como Vicepresidente y José Iglesias como Secretario.

Más de cincuenta años después, Cataluña cuenta definitivamente con una Ley de Organización Comarcal, inspirada en el ya citado decreto del año 1936, con el objetivo de encontrar en la Comarca el elemento potenciador de la capacidad de gestión de los municipios.

El establecimiento del mapa comarcal nace, por tanto, de la visión de 1936 pero con el suficiente protagonismo de los municipios para definir libremente la comarca a la que deseaban adherirse por factores históricos, económicos y sociales que obligan a considerar el fenómeno mas allá de perspectivas exclusivamente funcionales. Y así, aunque la decisión final correspondió al Parlamento, la división se sometió a consulta municipal y la ley reconoce a los municipios la iniciativa para modificar el mapa comarcal. En estos momentos, ya podemos afirmar con satisfacción que se han constituido todos los consejos comarcales de las 38 comarcas y que la acción de la comarca, de los gobiernos comarcales, se dejará sentir muy pronto y de forma positiva, sobre todo si se desarrollan con eficacia los principios de dotar de competencias a los nuevos entes y la nueva institución funciona dinámicamente.

La apuesta comarcal tanto para Cataluña como para Cantabria, en el futuro, es también apasionante. La organización territorial en general, y en concreto, la configuración de la comarca, es obviamente un tema muy complejo, debido a la incidencia de cuestiones de ámbitos distintos: jurídicos, institucionales, económicos, demográficos, etc, pero en todo caso, los esfuerzos institucionales como políticos en el diseño de la comarca como ente territorial, deben inspirarse en la vocación de simplificación, de dinamicidad y de mejora y acercamiento de los servicios a sus destinatarios, así como de apoyo a la acción municipal o de superación de sus insuficiencias, respondiendo de esta forma a las exigencias de la sociedad y de una administración moderna.

Estoy seguro que este libro de José Ramón Saiz servirá para abrir un importante debate sobre la comarca en la región de Cantabria y profundizar en la necesaria conciencia regional para que territorios como el cántabro ejerzan con la razón y el corazón el contenido de su autogobierno.

Hace cien años, el gran pensador don Marcelino Menéndez y Pelayo leía, en Barcelona, con motivo de los Juegos Florales de 1888 un memorable discurso a favor de la cultura y la lengua catalanas. Lo mismo hizo años después don José María de Pereda. Nosotros, los catalanes, agradecemos de todo corazón los sentimientos de simpatía de los montañeses y cántabros y desde ese sencillo reconocimiento y con la oportunidad que me ofrece José Ramón Saiz a través del prologo de este libro, me permito desear a ese pueblo fraternal y amigo, suerte, convivencia, paz y hermandad en el ejercicio de su autonomía.

Barcelona, abril de 1988.