EL MUNDO-CANTABRIA de 6 de julio de 2011

35 años del Gobierno de “penenes”

Tal día como hoy de 1976, Adolfo Suárez, presidente del Gobierno desde el 3 de julio, cerraba con Alfonso Osorio la lista del que fuera denominado “Gobierno de penenes” (calificación un tanto desmerecedora con la que se citaba a los profesores un numerarios) que, sin embargo, fue capaz de culminar en tan sólo once meses la transición hasta las primeras elecciones democráticas del 15-J. Se cumplen, por tanto, treinta y cinco años de la designación por el Rey, a través de la ley vieja, de Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno de España, en l oque fue una decisión sorprendente -aunque bien calculada- para sacar adelante una reforma embarrancada que amenazaba con llevarse por delante a la Monarquía. Fijar la vista en la etapa de Suárez representa, además, volver un poco a la ilusión, a un tiempo de profunda honestidad en la gestión de los intereses públicos y a la acción de un gobernante que siempre dio prioridad a los intereses del Estado que a los propios partidistas.

Narro en mi libro “El Presidente, claves históricas de una Transición» que cuando  avanzada la tarde del 3 de julio de hace treinta y cinco años, Europa Press difundió que el Rey había nombrado Presidente de Gobierno a Adolfo Suárez González (Torcuato Fernández-Miranda, presidente de las Cortes, había declarado unas horas antes aquella lacónica frase «estoy en disposición de llevar al Rey lo que me ha pedido”), la noticia dejó perplejos a los analistas del interior y del exterior. En cierto modo, se entendía el desconcierto y pesimismo que significó su nombramiento. Todo el mundo esperaba una apuesta de la Corona sobre un nombre que representara un acelerón hacia la democracia. La pregunta, por tanto, era lógica: ¿Por qué el Rey elegía a un político del Movimiento, con un curriculum político escaso, jefe de un Gobierno decisivo para la propia Monarquía?.

Superadas aquellas horas de sorpresa por la elección de Suárez, la noche del 6 de julio -bien pasadas las once de la noche- con  todo un país en vilo, se daban a conocer los nombres de los ministros que componían el nuevo Gabinete. Balance: diez hombres nuevos, tres que continuaban y «sin novedad» en el Ejército. La mayoría de los ministros dieron algún trabajo para localizarlos en el panorama público del país. Todo fueron cábalas para amortiguar las primeras sorpresas: ¿Un equipo de gente joven sin desgastar todavía? ¿O, incluso, sin hacer? ¿Un grupo de propagandistas católicos? ¿Un «puzzle» de independientes?¿Quién era quién?.

Para formar su primer Gobierno, Adolfo Suárez, se encontró con varias negativas pero también con aceptaciones automáticas, como la del segundo de Areilza, Marcelino Oreja, que asumiría la cartera de Exteriores. Algunos de los llamados, tras serias dudas, finalmente decidieron sumarse al Gobierno, preguntándose: «¿Quiénes vamos? ¿A qué vamos?».  La oposición aunque declaraba su escepticismo, lo cierto es que algunas nombres les ofrecían garantías, caso del catedrático, Aurelio Menéndez, al frente de Educación, que representó un resquicio a la esperanza de quienes todo lo veían muy negro desde la oposición. En general, si  el nombramiento de Suárez causó inicialmente estupor y rechazo, su Gobierno no recibió un trato más favorable. Algún titular de prensa reflejó las primeras sensaciones: «Adolfo Suárez ha nombrado un nuevo Gobierno de excelente subsecretarios».

En una estrategia inteligente de mirar hacia adelante para afrontar las necesarias reformas, Suárez realizó unas declaraciones en las que afirmó con aplomo: “La aventura que nos une a todos es apasionante: hacer de España una democracia”, con este consejo a unos y a otros: los de la izquierda no deben “obstinarse en combatir a un pasado que no existe” y una parte de la derecha no puede seguir llorando “por un pasado que no volverá”. En estas declaraciones tan bien calculadas y expresadas, se puede resumir una gran parte del trabajo político de Suárez y su Gobierno para llegar a las elecciones del 15 de junio de 1977, que podemos añadir a otra de sus grandes frases muy relevante en su momento “Hacer posible que no parezcan más quienes más se oyen, sino que se oigan más quienes son mayoría”.

No es preciso recordar los avatares que encontró en un camino de trampas en el que siempre contó con el apoyo de la denominada mayoría silenciosa. Poco a poco, Suárez fue superando la desconfianza de quienes le criticaban por no haber jugado al todo o nada, olvidando aquella frase de Cánovas sobre la fácil pero estúpida bandera del todo o el nada, que jamás ha aprovechado en este mundo a nadie. Suárez, sin embargo, jugó a lo posible y, desde ese posibilismo practicado día a día, pero con una meta final inequívoca –la plena democracia- consiguió dar vuelta a la piel de España con la celebración de elecciones libres que posibilitaban la formación del primer Gobierno, en cuarenta años. En realidad, nuestro país conoció un cambio copérnico al alcanzarse la normalidad democrática como en los países europeos.

Pasado el tiempo, hay que afirmar que en su arriesgado camino político no encontró la bondad que se merecía y en su etapa presidencial se le llegó a flagelar con saña. En mi libro sobre la Transición se respetaba a Suárez y se valoraba su acción política, pero en otra obra con el título Historia de una ambición, de Gregorio Morán, se le llegó a zaherir por haber nacido en una familia modesta, tirando a pobre, haber tenido comienzos difíciles en Ávila, instalarse en Madrid con una maleta más llena de ilusiones que de trajes, haber conocido tiempos muy difíciles y ascender penosamente paso a paso.¡Hasta se le reprochaba la ambición, que en un político no es un defecto, sino virtud indispensable!. Para mi trabajo esas eran virtudes y no defectos y, aun reconociendo que Suárez no tenía la talla intelectual de Cánovas o Azaña, sin embargo, pasará a la historia con mayor grandeza.

La ambición de Adolfo Suárez en alcanzar los cambios fue esencial al conjugarse con la audacia y la inteligencia. La noble ambición es indispensable en el político- la tuvo Cánovas, no le faltó a Sagasta, la poseyó Silvela- y quien no la tenga no pasará de ser un pobre de espíritu o políticamente un mentecato. Y preguntaría, además, ¿no es mejor, más elogiable, ser un Lincoln que libera a su pueblo de sí mismo y hace su brillante carrera desde que nace en una cabaña de troncos?. Lincoln está en el inmenso memorial que domina el centro de Washington y Suárez, veintiocho años después de abandonar la presidencia, tiene el respeto general en torno a su persona y su obra política. No fue un privilegiado ni frívolo, nació en la clase media, y tampoco ha sido doctor en Oxford. Pero trajo la libertad sin traumas a España.

Quienes en 1980 pusieron en marcha aquel slogan Suárez no, que recordaba el error del grito Maura no, de principios de siglo, han dedicado a Suárez los mayores elogios. Fue tal la injusticia, que dos años antes de abandonar la presidencia, un político opositor pronunció esta frase: “Si el caballo de Pavía entra en el Congreso, el primero en subirse a la grupa será Adolfo Suárez”. Ante tal despropósito, la historia hizo justicia, sin  buscarlo el protagonista. No es de extrañar, pues, que Suárez un día, cansado y aburrido de zancadillas y descalificaciones, dijera aquello que afirmó Maura: “¡Que gobiernen los que no dejan gobernar!”.

Treinta y cinco años después de su designación por el Rey, Adolfo Suárez es, sin duda, una figura excepcional del siglo XX y un ejemplo de saber gobernar y ceder para que ganáramos todos. No quiso ventajas partidistas porque fue consciente de su responsabilidad histórica, que consistió nada menos que llevarnos desde el viejo sistema a una democracia a través del modelo inédito de la reforma sin traumas..Sin duda, unos méritos induscutibles que le han llevado a un lugar relevante en la Historia de España. Fue un Presidente leal con la necesidad de España de convertirse en una democracia y fue también un Presidente honesto, respetuoso con el adversario y, sobre todo, valiente. Todo comenzó hace treinta y cinco años. Suárez ya no lo recuerda, pero sigue en el corazón de una gran mayoría del pueblo español.

 

JOSÉ RAMÓN SAIZ FERNÁNDEZ
El Mundo-Cantabria de 6 de julio de 2011