El concejal de los pobres

El 24 de marzo de 1995 publiqué un artículo con este mismo título en el diario Alerta con motivo de un compromiso que me  impuse y que consistió en glosar pasajes importantes de la historia torrelaveguense de un siglo (1895-1995)  a lo largo de casi doscientas colaboraciones periodísticas que dediqué al centenario de la concesión Real del título de ciudad a la villa de Torrelavega. Aunque algunos torrelaveguenses mantenían aún en el corazón y en el sentimiento el recuerdo de don Ángel Menéndez Arroyo, conocido popularmente como el “concejal de los pobres”, lo cierto es que muchos nuevos torrelaveguenses podían aproximarse con este artículo – y por primera vez – a conocer y profundizar en la biografía de este personaje de recuerdo imborrable de cuantos le conocieron. Algún tiempo después de este artículo evocador de don Ángel Menéndez, coincidiendo con el cincuentenario de su fallecimiento, un grupo significativo de torrelaveguesnes organizaron un homenaje a este ilustre torrelaveguense, que ahora continúa con este libro.

En efecto, el 22 de julio de 1948 falleció a los 40 años de edad don Ángel Menéndez Arroyo y en su recuerdo póstumo pudo leerse que “vivió en este mundo para socorrer a los pobres y consolar a los enfermos, muriendo santamente en Torrelavega”. Era concejal del Ayuntamiento, Terciario de la Orden del Carmen, de las conferencias de San Vicente de Paús, de la Acción Católica y de la Adoración Nocturna, pero sobre todo  era una persona que irradiaba cariño, querido por la inmensa mayoría de los torrelaveguenses.

En la biografía de Ángel Menéndez existen rasgos sobresalientes en cuanto al constante ejercicio de la caridad en la que se prodigaba. Eran años difíciles para los torrelaveguenses después de una guerra civil que dejó a la ciudad en una situación de ruina, pobreza y miseria general. Citaremos uno de esos gestos humanos y solidarios de Gelín, que magníficamente narra don Antonio Barrio en su obra Temas de Cantabria (Recuerdos y Anécdotas). Una mañana de 1939, en la calle Argumosa, por razón de un desahucio eran bajados al portal, los muebles de una familia humilde. Al enterarse, acude al lugar y se enfrenta a la justicia e inmediatamente se dirige a la parroquia donde expone el problema a don Emilio Revuelta. El párroco le dice que irá de inmediato, pero cuando don Emilio llega al lugar de los hechos Angelín Menéndez Arroyo ha sido detenido. El juez, pese a los ruegos del párroco, no autorizó su libertad y sólo permitió a sus amigos que le acompañaran a la cárcel. A la mañana siguiente, la presión de los vecinos obligaron al juez a decretar la libertad de Ángel Menéndez. El escritor Barrio le recuerda como un hombre que convivió más de la mitad de su vida con los enfermos, procurándoles ropas y alimentos, perteneciendo a diversas asociaciones artísticas y religiosas. Fue gestor municipal y delegado de Beneficencia.

En la trayectoria personal de Gelín Menéndez existen numerosos rasgos de profunda solidaridad. Amaba con intensidad a Torrelavega, sentía un gran orgullo por su ciudad, su historia; trabajaba con ahínco en las tareas municipales y participaba en cuantos colectivos ciudadanos demandaban su presencia y participación. Su muerte prematura conmocionó a la ciudad y fueron miles las personas que acudieron a los actos religiosos en su recuerdo, dejando una huella que se mantiene en nuestros días, como pone de manifiesto esta obra colectiva.

Como en el campo social y de la beneficencia, fue activa la presencia de Gelín Menéndez en  el campo cultural y artístico, siendo miembro de la Masa Coral y fundador de la Ronda Sotileza, que inició su andadura en 1924 para alegrar los pueblos y barrios con viejas tonadas de ronda, bajo la dirección de Julián Santos, que contó con la colaboración inicial de personas como Antonio Zubizarreta, Teodoro Hernando, Fidel Diaz, Cesáreo Velarde, Pepín del Río, Francisco Párraga, José Campiza, Pedro Ruiz, Felicidad Mantecón, Criselda Ruiz, Consuelo Casado, Chiqui la Peluquera, Martina (la der Cóo), Teresa Cotera y otros. He citado a estos torrelaveguenses porque todos tuvieron la fortuna de convivir y admirar las dotes personales y de solidaridad de este siervo de Dios, como así era considerado en la ciudad. Y es que donde estaba Angel Menéndez Arroyo siempre existía obra buena y positiva para la colectividad.

Poco tiempo después de su muerte, la Corporación municipal asumiendo el deseo de los ciudadanos, dió su nombre a la conocida Plazuela del Sol, en el corazón de la ciudad. Cincuenta años después de su muerte, esa decisión fue ratificada por los torrelaveguenses de finales de este siglo y milenio con la colocación de una placa que describe las virtudes de este torrelaveguense de bien. Dejó huella para merecerse este libro y el recuerdo emotivo de su ciudad.

 

JOSÉ RAMÓN SAIZ FERNÁNDEZ