Aznar y Chirac han podido comprobar que esta comunidad, aunque pequeña, tiene una geografía impresionante y una historia e identidad milenarias. La visita del presidente francés al Museo de Prehistoria, obliga a esta pregunta: ¿Para cuando el Museo de Historia de Cantabria?
Por fin ha recibido Cantabria un gesto inesperado del poder central con la celebración en el marco de La Magdalena de la cumbre hispano-francesa, tan importante como significativa en muchos aspectos cuando hoy son dos naciones fuertes del concierto europeo cuya unidad de criterios puede ser decisiva en muchas estrategias en las instituciones de la Unión Europea. Solo ocurre excepcionalmente – y más en una tierra de las características de la nuestra – que un jefe de Estado, acompañado del primer ministro y miembros del gabinete de una nación importante y, además vecina, con la que hemos superado incomprensiones y absurdas separaciones en el pasado, lleguen a Cantabria para permanecer unas horas con lo que representa de oportunidad para observar la grandeza de esta tierra cántabra que ha sido un poco más universal porque la noticia de esta cumbre ha tenido un importante eco en los medios de comunicación de Europa y del mundo. Estas oportunidades no se presentan con frecuencia, razón por la cual hay que agradecer, a quién corresponda, la elección de Santander como escenario de esta cumbre hispano-francesa.
La presencia, escasa hasta ahora, del presidente del Gobierno, José María Aznar, en nuestra tierra cántabra como anfitrión, en esta ocasión, del jefe del Estado francés y de miembros relevantes del Consejo de Ministros del país vecino, resulta gratificante porque ha aportado a Cantabria, gracias a una presencia en los grandes medios de comunicación de masas, de una proyección internacional que nuestras instituciones, por sí mismas, nunca podrían proyectar hacia el exterior. Representa, por tanto, un gesto que agradecemos porque ha sido positivo en todos los órdenes para Cantabria y un gesto estimable para nosotros, sus ciudadanos.
José María Aznar y Jacques Chirac, con la visita por iniciativa propia del presidente francés al Museo de Prehistoria – aquí surge la afirmación, una vez más, de lo impresentable de unas instalaciones que albergan tesoros históricos de extraordinario valor sobre nuestro pasado como pueblo que justifican la pregunta ¿para cuando el Museo de la Historia de Cantabria?- y a Santillana del Mar han podido comprobar que esta comunidad, aunque pequeña, tiene una geografía impresionante y una historia milenaria, forjadora de una identidad de pueblo que se expresó, en toda su intensidad, en uno de sus momentos históricos más extraordinarios, cuando no fue dominado por el gran imperio de hace veinte siglos.
Los cántabros hemos soportado durante algún tiempo pasado portadas de periódicos y la desmesurada atención de emisoras de radio y cadenas de televisión, en cuyo interés mediático siempre se proyectaba lo negativo, quedando en el intencionado olvido todo lo positivo de esta tierra y eso que existen cosas envidiables. Sin embargo, ni su belleza, el carácter de nuestro pueblo, nuestra decisiva historia en la formación de España, sus antiguas instituciones, su Estatuto de Autonomía y autogobierno, merecieron la más mínima consideración. La reunión de La Magdalena ha equilibrado las cosas porque ser sede de una “cumbre” europea tiene garantizada una proyección extraordinaria, como así se ha puesto de manifiesto.
Con las seguras impresiones que se han llevado a París los ilustres huéspedes de La Magdalena, no podemos dejar de evocar en este artículo esa grandeza de nuestra tierra, partiendo de esa afirmación a la que tengo un apego extraordinario que nos recuerda que don José María de Pereda inventó el vocablo entrañable “La Montaña” y los cántabros y ciudadanos de este tiempo, gracias a la historia forjada por nuestros antepasados, hemos construido Cantabria. Del ilustre escritor de Polanco, símbolo de la novela costumbrista española, se nos ha enseñado desde niños una idea cabal de entender la patria chica, amor que está profundamente arraigado en nuestros corazones.”El Sabor de la Tierruca”, una de las obras más intensas de Pereda, fue para La Montaña de finales de siglo XIX lo que “Mireya” de Mistral fue para La Provenza; las novelas de Walter Scott para Escocia o los cuentos de Guy de Maupasan para Normandía. Entre las páginas de esa novela perediana descansa un alma regional dispersa y distraída, absorta acaso en el hermoso paisaje que describe y del que sin duda han disfrutado, aunque haya sido por escasas horas, los ilustres huéspedes del Gobierno de España.
La jornada de La Magdalena y su significado nos evoca un cierto y legítimo orgullo pues al fin y al cabo una península como La Magdalena, la bahía santanderina, el verde de nuestros prados, la riqueza cultural e histórica de una villa como Santillana del Mar, expuesta a los ojos de nuestros visitantes, muestran la grandeza de esta tierra cántabra cuyas huellas de historia es imposible borrar aunque a esa historia nuestra no se la distinga con la devoción que precisa y que otros pueblos ponen al servicio de la propia. En todo caso, siempre quedará – como escribió José del Río Sainz, “Pick” – un profesor de Leipzig, Oslo, Copenhague o Columbia que, al escribir sobre la literatura española, se familiarice con los nombres de Arcillosa, Cumbrales o la Villavieja (Torrelavega) o con personajes como don Pedro Mortera, don Juan de Prezanes o don Simón Cerojo que han forjado desde el costumbrismo perediano nuestro carácter.
Esta es nuestra grandeza, nuestro particular romanticismo y nuestra vital existencia que nadie podrá secuestrarnos. Algún día será nuestro despertar cántabro, que sigue pendiente.